
Pocos creen las versiones de accidentes o asesinos solitarios
Y no es para menos, la clase política es vista como una casta divina
Ricardo Alemán
Si hacemos un breve recuento de las tragedias y los crímenes que han marcado la vida política de México, en las décadas recientes, sin duda que se polarizan las opiniones entre quienes sospechan causas perversas, y aquellos que se dicen convencidos de un mero accidente.
Muertes trágicas como las de Manuel J. Clouthier, Ramón Martín Huerta, Juan Camilo Mouriño y, hace horas, la de Francisco Blake Mora —todos ellos políticos panistas—, han desatado toda clase de especulaciones, al extremo de que son más los que se dicen convencidos que detrás de esos “accidentes” existió una malévola intención criminal.
En el otro extremo, si el recuento se hace a partir de crímenes que sacudieron al país, como el de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu —por mencionar solamente dos—, pocos creen la hipótesis del asesino solitario o del sicario vengador, con iniciativa criminal.
Una gran mayoría de ciudadanos “de a pie”, no le dan la menor credibilidad a esas versiones y prefieren dar rienda suelta a la especulación sospechosista.
¿Por qué esa proclividad a la sospecha, frente a las tragedias y/o los crímenes políticos?
Sospechosistas.
Una respuesta se puede localizar en el descrédito de los ciudadanos respecto de la vida política y los políticos mexicanos, a quienes el común de la gente cree capaces de todo —venganzas, vendettas, ajustes de cuentas, transas, cobro de facturas y otras lindezas propias de mafias del celuloide—, para alcanzar o preservar el poder.
Y no les falta razón a los mexicanos que prefieren el refugio del sospechosismo, sobre todo si se toma en cuenta que la confianza y la credibilidad de la clase política mexicana viaja —desde tiempo atrás—, muchos metros bajo tierra.
Seamos honestos. ¿Quién le cree hoy a un gobernador, alcalde, presidente municipal, legislador federal y/o local, secretario de Estado, juez ministro, magistrado y —en el extremo—, al Presidente de la República?.
La respuesta la saben todos; muy pocos creen en la honestidad de esos representantes de la clase política mexicana.
Por eso la pregunta obligada. ¿Por qué hoy los ciudadanos debieran creer que el incidente en el que perdieron la vida servidores públicos de Gobernación, y su titular, Francisco Blake?, si pocos, o muy pocos creyeron la versión del accidente en el que perdieron la vida Manuel J. Clouthier, Ramón Martín Huerta y Juan Camilo Mouriño, ¿por qué han de creer hoy, si todos los días se reportan choques de las fuerzas federales contra bandas criminales; si se detiene a cabezas de los cárteles y si se sabe de la amenaza abierta a gobernantes y políticos?
Lo cierto es que ninguna versión, ni la más acabada investigación sobre los hechos, podrá convencer a la generalidad de los ciudadanos, de que tal o cual tragedia fue un accidente, o que tal o cual asesinato fue producto de una mano solitaria.
El asunto va más allá, incluso, de las causas reales que suelen provocan una tragedia, como errores humanos, mecánicos, imprevistos climatológicos o, en el extremo, un atentado. ¿Por qué?
Porque la clase política mexicana —salvo excepciones de rigor—, es vista por buena parte de la sociedad como una verdadera casta divina, en cuyos palacios se cocinan todas las intrigas y maldades posibles para alcanzar el poder y, una vez conseguido, defenderlo a capa y espada.
Aún así, el gobierno federal está obligado a la promoción de una indagatoria confiable, que disipe las sospechas sobre la muerte de Francisco Blake.
Cambian la historia.
Pero más allá del sospechosismo y de su contraparte, el descrédito de la clase política, lo cierto es que no pocas tragedias y crímenes habrían cambiado la historia política mexicana.
Es cierto que nadie sabe —y menos sabrá—, cuál hubiese sido el futuro de políticos como Manuel J. Clouthier y Juan Camilo Mouriño; cómo habrían sido gobiernos priistas con Luis Donaldo Colosio y Francisco Ruiz Massieu. Pero lo que sí parece estar claro es que el rumbo de México habría sido otro. ¿Por qué?
Porque hasta antes de la muerte trágica de estos políticos y personajes de la vida pública, sus carreras apuntaban alto.
El caso del empresario sinaloense, Manuel J. Clouthier, resulta emblemático.
Luego de participar como candidato presidencial en la contienda de 1988, en la que Salinas de Gortari se alzó con un dudoso triunfo, El Maquio inició una intensa protesta que pensaba extenderla a lo largo de todo el sexenio de Carlos Salinas para competir, de nueva cuenta, en las elecciones de 1994.
Clouthier, vale decirlo, fundó y jefaturaba el grupo político del que salieron, entre muchos otros, Vicente Fox.
Es decir, que si la muerte no se cruza en el camino del “tractor” de la democracia que era El Maquio, sus posibilidades de llegar a una segunda candidatura presidencial, y de ganar, eran muchas. Y es que para el sinaloense no existía la palabra “derrota”.
Y precisamente en la elección presidencial de 1994, una bala acabó con Luis Donaldo Colosio, con su candidatura y su seguro triunfo como Presidente de México.
Nadie sabe si el hipotético gobierno de Colosio hubiera sido mejor o peor que el de Ernesto Zedillo. Lo que está claro es que habría sido otro gobierno. Por eso es posible señalar que ese crimen cambió la historia de México.
Algo parecido ocurrió cuando en noviembre de 2008 perdió la vida en un accidente aéreo el secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño. Como todos saben, Iván —como le decían sus cercanos—, era una suerte de alter-ego del presidente Felipe Calderón, quien intentaba preparar y llevar de la mano a Mouriño, hasta convertirlo en el candidato ideal para abanderar al PAN en la contienda presidencial de 2012.
Por eso, porque era un duro adversario, desde muy temprano Mouriño fue blanco de severos ataques del eterno aspirante presidencial, Andrés Manuel López Obrador.
Y es probable que hoy, si Mouriño no hubiera partido, el PAN tendría un candidato presidencial altamente competitivo, que estaría en una lucha de tú a tú Ey, también probable, seguramente en la pelea estuviera Marcelo Ebrard. Sin duda que la muerte de Mouriño cambió la historia del PAN.
Por lo pronto, el gobierno de Felipe Calderón está listo para otra vuelta de tuerca. No se descarta para ocupar la secretaría de Gobernación, al secretario particular del Presidente, Roberto Gil Zuarth.
De confirmarse la versión, crecerán como la espuma las posibilidades de que Josefina Vázquez Mota se convierta en candidata presidencial del PAN.
Así cambia la historia una tragedia. Al tiempo.
FUENTE: EXCELSIOR.COM.MX
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